La obesidad se define cuando el índice de masa corporal (IMC) -relación entre la masa corporal de una persona y su estatura- es igual o mayor a 30, y el sobrepeso cuando el IMC está entre 25 y 29,9. El IMC relaciona el peso con la estatura, pero no distingue entre grasa y músculo ni indica dónde se acumula la grasa. Por eso, es muy importante medir la circunferencia de la cintura, ya que la grasa acumulada en el abdomen aumenta el riesgo de enfermedades del corazón. Se considera obesidad abdominal cuando la cintura mide 88 cm o más en mujeres y 102 cm o más en hombres.
Las causas de la obesidad se deben a la combinación de varios factores que actúan de forma conjunta: factores biológicos, como la genética y algunos cambios hormonales que dificultan el control del apetito y del peso, y factores relacionados con el estilo de vida, como el sedentarismo y una alimentación con exceso de calorías. El entorno actual, con fácil acceso a alimentos ultraprocesados y menos actividad física diaria, favorece la aparición de obesidad, especialmente en personas con predisposición genética.
La obesidad puede afectar directamente al corazón, provocando cambios en su estructura y funcionamiento, lo que favorece la aparición de insuficiencia cardíaca y/o facilitar el desarrollo de hipertensión arterial, colesterol elevado, diabetes tipo 2 y resistencia a la insulina, además de favorecer la inflamación y la formación de coágulos, lo que incrementa el riesgo de infarto, ictus y otros problemas cardiovasculares.
Las personas obesas pueden tener peor calidad de vida en general, presentando síntomas como dificultad para dormir (apnea del sueño), fatiga, sudoración excesiva, sensación de falta de aire…generando depresión, discapacidad, aislamiento social e incluso bajas laborales por mal rendimiento en el trabajo.
La duración y el grado de obesidad aumentan el riesgo de eventos cardiovasculares de forma proporcional. Perder peso ayuda a controlar la presión arterial, el azúcar en sangre y el colesterol, y disminuye la inflamación, lo que reduce el riesgo de eventos cardiovasculares.
El tratamiento de la obesidad se basa en tres pilares: dieta cardiosaludable, ejercicio físico regular y modificaciones de la conducta:
Alimentación saludable: Reducir la cantidad total de calorías es fundamental. Se recomiendan patrones como la dieta mediterránea rica en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y proteínas magras (especialmente pescado). Este tipo de alimentación ayuda a reducir la grasa abdominal y el riesgo cardiovascular.
Actividad física: El ejercicio regular es clave. Caminar 30–45 minutos al día u otra actividad aeróbica mejora el control del azúcar en sangre, reduce la grasa abdominal, protege el corazón, y ayuda a mantener el peso a largo plazo.
En personas con obesidad o con sobrepeso y enfermedades asociadas (como diabetes o hipertensión), pueden estar indicados fármacos, siempre bajo control médico, que ayudan a reducir el apetito o la absorción de grasas y que deben acompañarse siempre de dieta y ejercicio.
La cirugía bariátrica, en casos de obesidad grave, cuando otras medidas no han sido suficientes. permite una pérdida de peso importante y sostenida, mejora enfermedades asociadas y reduce el riesgo cardiovascular, pero requiere valoración especializada y seguimiento a largo plazo.
Concepción Fernández
Actualizado febrero 2026

