El síndrome cardiorrenal es una situación en la que el corazón y los riñones se perjudican mutuamente. Cuando el corazón no bombea bien o se acumulan líquidos, los riñones reciben menos sangre y pueden funcionar peor. A su vez, si los riñones fallan, el organismo retiene líquidos y toxinas que sobrecargan aún más al corazón. Este círculo vicioso puede aparecer de forma aguda o crónica y empeorar rápidamente si no se detecta a tiempo.
Puede provocar retención de líquidos, empeoramiento de la insuficiencia cardíaca y de la función renal, así como complicaciones importantes como potasio elevado, anemia, arritmias, ingresos hospitalarios repetidos o incluso necesidad de diálisis. El diagnóstico precoz y el seguimiento estrecho por el equipo médico son fundamentales para frenar su progresión y mejorar el pronóstico.
Es más frecuente en personas con insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica, diabetes, hipertensión arterial, edad avanzada o antecedentes cardiovasculares.
Existen diferentes tipos de síndrome cardiorrenal, según cuál sea el órgano inicialmente afectado, si ambos se alteran por una causa común, y si la presentación es aguda o crónica.
Los síntomas suelen combinar manifestaciones de insuficiencia cardíaca y de deterioro renal.
Entre los síntomas cardíacos más frecuentes se encuentran la falta de aire, incluso por la noche, la dificultad para respirar al acostarse, el cansancio, la menor tolerancia al esfuerzo, la hinchazón en piernas o tobillos y el aumento rápido de peso por retención de líquidos. En los casos agudos y graves puede acumularse líquido en los pulmones.
Los síntomas renales más habituales incluyen disminución de la cantidad de orina, orina espumosa, náuseas, pérdida de apetito, picor o aumento de la presión arterial.
El diagnóstico El diagnóstico se basa en análisis de sangre y orina para valorar la función del corazón y del riñón, así como en pruebas de imagen como la ecocardiografía, para evaluar el funcionamiento cardíaco, y la ecografía Doppler renal, útil para detectar de forma precoz la disfunción renal.
El tratamiento busca eliminar el exceso de líquido, estabilizar ambos órganos y prevenir nuevas descompensaciones. Para ello se utilizan diuréticos y otros fármacos que protegen el corazón y el riñón, siempre con un control estrecho de la función renal, el potasio y la presión arterial. En los casos más avanzados pueden ser necesarias terapias especiales, como diálisis u otros procedimientos.
El seguimiento suele realizarse en Unidades Cardiorrenales especializadas, lo que permite ajustar mejor los tratamientos, mejorar la calidad de vida y reducir el riesgo de ingresos hospitalarios.
El estilo de vida saludable y seguir pautas dietéticas estrictas es fundamental para evitar la acumulación de líquidos y mantener los niveles de electrolitos en rangos seguros.
Se recomienda una dieta cardiosaludable y baja en sal. Deben evitarse las sales bajas en sodio, ya que muchas contienen cloruro potásico y pueden elevar peligrosamente el potasio en sangre. También es importante reducir al máximo los ultraprocesados, conservas, embutidos, comida rápida y snacks comerciales.
Si el potasio está elevado, debe limitarse el consumo de alimentos ricos en este mineral, como plátano, aguacate, melón, kiwi, frutos secos y chocolate. Para reducir el potasio de algunas verduras y legumbres, se recomienda ponerlas en remojo, desechar el agua y cocinarlas en abundante agua, cambiándola a mitad de la cocción. Las verduras congeladas, previamente descongeladas en agua, pueden ser una buena alternativa.
También se aconseja realizar ejercicio físico moderado, adaptado a la capacidad de cada persona, y evitar completamente el tabaco y el alcohol, ya que perjudican la función cardiovascular y renal.
Es fundamental no automedicarse, especialmente con antiinflamatorios como el ibuprofeno, ya que pueden dañar el riñón y descompensar el corazón.
Concepción Fernández
Febrero 2026

