La fibrilación auricular es la arritmia sostenida más frecuente. Se caracteriza por un ritmo cardíaco rápido e irregular, debido a una actividad eléctrica desordenada en las aurículas, lo que hace que el corazón no bombee la sangre de forma eficaz. Es más común con la edad, especialmente a partir de los 65 años, afectando a más del 15% de la población > 75 años.
La principal complicación es el ictus, debido a la formación de coágulos en el corazón. Por ello, en muchos pacientes es fundamental el tratamiento con anticoagulantes. También se asocia con insuficiencia cardíaca, deterioro cognitivo, enfermedad renal y mayor riesgo de complicaciones si no se trata adecuadamente.
Puede presentarse en episodios que aparecen y desaparecen (paroxística), durar más tiempo (persistente) o hacerse permanente. Sus causas más habituales son la hipertensión, la diabetes, enfermedades del corazón, problemas de tiroides, obesidad, apnea del sueño, tabaco o alcohol. También es frecuente en el posoperatorio de cirugía cardiaca. En ocasiones, la causa puede ser desconocida (fibrilación auricular idiopática).
Los síntomas más frecuentes son palpitaciones, disnea, fatiga, intolerancia al ejercicio, dolor torácico, mareo y presíncope. Sin embargo, muchas personas no presentan síntomas y son diagnosticadas en una revisión rutinaria al realizar un electrocardiograma, tomar el pulso o después de una de sus complicaciones (ictus o insuficiencia cardíaca).
La severidad depende de la frecuencia ventricular, duración de la arritmia y la presencia de otras enfermedades.
El diagnóstico de la fibrilación auricular se basa en los síntomas y se confirma mediante un electrocardiograma. En los episodios son breves o que aparecen de forma intermitente, se utiliza el Holter (registra el ritmo cardíaco durante 24-48 horas mientras la persona realiza su vida habitual).
Se completa con la ecocardiografía, para evaluar el tamaño y funcionamiento del corazón y análisis de sangre, para identificar causas que pueden desencadenarlas, como alteraciones en minerales, problemas hormonales, desequilibrios de sales minerales, anemia o infecciones.
El tratamiento se basa en tres pilares, para reducir recaídas y complicaciones graves como el ictus o la insuficiencia cardíaca:
Control de los factores de riesgo y estilo de vida: Es crucial adoptar hábitos saludables, como mantener un peso adecuado, realizar ejercicio regular, limitar o evitar el consumo de alcohol y tabaco, y gestionar el estrés. Asimismo, es indispensable controlar la presión arterial, la glucosa, el colesterol y tratar la apnea del sueño.
Prevención del ictus (Anticoagulación): Se utilizan anticoagulantes orales para prevenir la formación de coágulos. Los anticoagulantes orales directos (Apixabán, rivaroxabán, edoxabán y dabigatrán) son las opciones preferentes, ya que no requieren controles analíticos periódicos. Antagonistas de la vitamina K (Sintrom®), en pacientes con válvulas mecánicas o enfermedad valvular reumática.
En pacientes que no pueden tomar anticoagulantes, se valora el cierre percutáneo de orejuela izquierda (cavidad donde se acumula la sangre) mediante catéter.
Control de la arritmia: El objetivo es mejorar los síntomas controlando la frecuencia cardíaca (fármacos) o restaurando y manteniendo el ritmo normal. Esto último se logra mediante fármacos antiarrítmicos, cardioversión eléctrica (descarga controlada bajo sedación) o ablación por catéter (destrucción de las zonas cardíacas que generan señales eléctricas anómalas).
Es fundamental seguir correctamente el tratamiento, especialmente los anticoagulantes, no automedicarse y acudir a las revisiones médicas.
Ante síntomas importantes como palpitaciones intensas, desmayo, falta de aire o dolor en el pecho, se debe buscar atención médica urgente.
Concepción Fernández
Actualizado febrero 2026

