La hipertensión pulmonar es una enfermedad crónica y progresiva en la que aumenta la presión en las arterias que llevan la sangre a los pulmones. Este aumento obliga al corazón, especialmente al ventrículo derecho, a trabajar más para bombear la sangre. Con el tiempo, este esfuerzo puede dañar la parte derecha del corazón y provocar insuficiencia cardíaca derecha. Aunque su prevalencia global es de alrededor del 1%, puede alcanzar hasta el 10% en mayores de 65 años.
Puede deberse a enfermedades propias de las arterias pulmonares, a problemas del corazón izquierdo, a enfermedades pulmonares o falta de oxígeno, a obstrucciones en las arterias pulmonares (como trombos) o a otras causas más complejas.
Los síntomas, en las fases iniciales, suelen aparecer durante el esfuerzo físico. Los más frecuentes son falta de aire (disnea), incluso al inclinarse hacia delante, cansancio o fatiga fácil, palpitaciones o molestias en el pecho, especialmente con la actividad física y/o mareos o desmayos relacionados con el esfuerzo.
A medida que la enfermedad progresa, pueden aparecer hinchazón en tobillos o piernas, aumento del abdomen por acumulación de líquido, venas del cuello más visibles, coloración azulada en labios o dedos y manos o pies fríos. En casos menos frecuentes, puede aparecer tos, ronquera o expectoración con sangre.
El diagnóstico requiere una exploración clínica, electrocardiograma, medición de oxígeno en sangre y análisis con marcadores cardíacos, además de varias pruebas complementarias.
La ecocardiografía es la prueba inicial para valorar el funcionamiento del corazón y sospechar hipertensión pulmonar. El cateterismo cardíaco derecho, permite medir directamente la presión en las arterias pulmonares y clasificar la enfermedad.
Para identificar la causa de la enfermedad, pueden realizarse otras pruebas como gammagrafía pulmonar (para descartar trombos en las arterias pulmonares), tomografía computarizada del tórax, pruebas de función pulmonar, pruebas de ejercicio (prueba de marcha de 6 minutos) y, en algunos casos, estudios genéticos.
El tratamiento se adapta a cada paciente según la causa, la gravedad y su estado general.
En algunos tipos se utilizan fármacos específicos que relajan las arterias pulmonares y mejoran el flujo sanguíneo. En fases avanzadas pueden requerirse tratamientos más intensivos por vía intravenosa, subcutánea o inhalada. Además, es importante tratar las comorbilidades (como anemia o déficit de hierro), usar diuréticos para la insuficiencia cardíaca derecha y administrar oxígeno cuando exista hipoxemia.
Si está causada por una enfermedad del corazón o del pulmón, el tratamiento principal es controlar esa patología. Cuando se debe a coágulos crónicos en las arterias pulmonares, puede plantearse una endarterectomía pulmonar y si no es posible, pueden utilizarse angioplastia con balón o fármacos como riociguat.
Si la enfermedad progresa pese al tratamiento, pueden valorarse procedimientos especializados y, en fases muy avanzadas, trasplante pulmonar.
El seguimiento regular con el equipo médico es fundamental para ajustar el tratamiento y controlar la evolución de la enfermedad. Ante cualquier empeoramiento de los síntomas, es importante consultar con su médico.
El estilo de vida ayuda a controlar mejor la enfermedad y a mejorar la calidad de vida. Se recomienda:
Dieta equilibrada; en algunos pacientes con retención de líquidos puede ser necesario reducir el consumo de sal y líquidos según indicación médica.
La actividad física moderada y supervisada puede mejorar la capacidad de ejercicio y el bienestar, aunque se deben evitar esfuerzos intensos que provoquen mareo, fatiga extrema o desmayos.
Llevar al día las vacunas recomendadas, especialmente frente a la gripe, la COVID-19 y el neumococo para prevenir infecciones respiratorias.
En mujeres con hipertensión pulmonar es importante utilizar métodos anticonceptivos eficaces, ya que el embarazo supone un riesgo elevado para la madre y el bebé.
Es importante no automedicarse y consultar siempre con el equipo médico antes de tomar cualquier medicamento o producto natural.
Los desplazamientos en avión suelen tolerarse bien, aunque algunos pacientes pueden necesitar oxígeno durante el vuelo. También se aconseja evitar grandes altitudes sin oxígeno suplementario, ya que la falta de oxígeno puede empeorar la enfermedad.
Concepción Fernández
Febrero 2026

